lunes, 1 de febrero de 2010

Niños estresados



Los trastornos de ansiedad han aumentado hasta el 8% en la población infantil y afectan a uno de cada cinco adolescentes. Pasar más tiempo con ellos es la mejor terapia
Los trastornos de ansiedad han aumentado hasta el 8% en la población infantil y afectan a uno de cada cinco adolescentes. Pasar más tiempo con ellos es la mejor terapia


Ansiedad

Estado de inquietud o tensión, motivado por el temor a una desgracia o peligro.

Diferencia entre niñas y niños

Ellas sufren más trastornos de an siedad que los niños, en una proporción de 2 a 1. Esta mayor propensión se atribuye a factores culturales, sociales y genéticos. Los chicos, por el contrario, suelen reaccionar a la presión con comportamientos agresivos o impulsivos a la hora de en fren tarse a circunstancias estresantes.

Depresión

Es un desorden mental que tiene lugar como consecuencia de una pena extrema o de la falta de autoestima.

Estrés

Reacciones emocionales y físicas provocadas por presiones crecientes o nuevas, significativamente ma yores que los recursos personales con que se cuenta.

Causas del estrés infantil

Pérdida de alguien querido, mala relación entre los padres, cambio de domicilio o colegio, hostigamien to por parte de los compañeros de clase, dificultades en los estudios, periodo de exámenes, enfermedad, estancias hospitalarias, nacimiento de un hermano, par ti cu la ridad física que llame la atención.

Síntomas físicos

Dolor de cabeza o cuello, molestias estomacales, problemas para conciliar el sueño, pesadillas, orinarse en la cama (enuresis), variaciones en los hábitos alimenticios, excesiva pasividad, costumbre de arrancarse mechones de pelo o morderse las uñas, hiperactividad.

Síntomas emocionales

Ansiedad, preocupaciones intensas, miedos nuevos o recurrentes, apego excesivo a los adultos, llanto, agresividad, tozudez, insociabilidad, actitudes regresivas o típicas de críos de menos edad.

Lo que para cualquier adulto supone una semana de baja, para muchos niños no significa ningún respiro. No importa que tengan fiebre, les duela la tripa o ya no puedan con su alma. Se les deja en el centro escolar como si tal cosa. Su programa diario de tareas es apretadísimo. Y, encima, sus padres nunca tienen tiempo para jugar con ellos en el parque. ¡Cómo no van a estar estresados!”, clama el pediatra Jesús Rodríguez. Desde hace cinco años, este especialista aprecia un aumento “significativo” de los críos que llegan a su consulta alterados “como motos”: van de un lado a otro, lo toquetean todo, se le suben a la mesa y acaban rozando “la mala educación”... Nada que ver con aquellos niños de antes que se le quedaban mirando boquiabiertos, “con los ojitos enganchados a cualquier gesto, a un bolígrafo, el estetoscopio...”.

La Sociedad Española de Estudios de Ansiedad y Estrés (SEAS) reconoce que existen “muy pocos” estudios sobre el estrés infantil. “No hay más que recordar que en los años setenta aún se negaba que pudieran tener depresión y hasta los ochenta no se habló del exceso de presión que también pueden llegar a sufrir”, precisa Antonio Cano, presidente de SEAS. A falta de cifras fiables sobre el estrés, sí se sabe con exactitud que los trastornos de ansiedad –causados por inquietudes o preocupaciones desproporcionadas– han aumentado en la población infantil hasta rozar el 8% y en los adolescentes se disparan hasta el 20%.

Más expuestos que nunca
Una progresión comprensible, según María Jesús Mardomingo, presidenta de la Sociedad de Psiquiatría Infanto-Juvenil y jefa de la sección de Psiquiatría Infantil del Hospital Gregorio Marañón de Madrid: “Ciertamente, la vida cada vez es más compleja para todos, y los niños no son una excepción”, expone. “Están más expuestos a circunstancias que producen temor y, como consecuencia, los casos de ansiedad (fobia escolar, miedo a verse separado de los padres, pavor social, obsesiones compulsivas...) se han incrementado. Antes, los chiquillos estaban más protegidos, tenían más tranquilidad”.

Una de la causas fundamentales que han desatado estas dolencias es la ausencia prolongada de los padres. “Muchos psiquiatras, pedagogos y pediatras coincidimos en la importancia que tiene la presencia en casa de uno de los dos, a partir de las cinco de la tarde”, señala Mardomingo, autora de Psiquiatría para padres y educadores, Ciencia y Arte (ed. Narcea). “Se trata de una figura insustituible que transmite seguridad, confianza y apoyo emocional simplemente dejándose ver”. Aunque tampoco se le escapa que, muchas veces, las actividades extraescolares recortan de forma drástica las horas que pueden compartir padres e hijos. “Sí, sí, hay muchos críos que vuelven a casa a las nueve de la noche... algo que no es negativo en principio. Todo depende de cómo se sientan, de si están a gusto y se encuentran con alguien cuando regresan. No podemos generalizar”, puntualiza.

Está claro que los tiempos han cambiado, los ritmos también y, al final, no son pocos los chavales que acaban revolucionados. El estrés se les mete en el cuerpo porque tienen que ponerse en guardia ante el bombardeo de estímulos que les lanza la sociedad. Terremotos, huracanes y mujeres maltratadas expuestos a través de los medios de comunicación, los atascos de primera hora, las prisas, las clases de piano e inglés, los exámenes, muchos videojuegos y pocos amigos... son parte de la película que cada día pasa, a toda velocidad, por delante de los ojos de muchos pequeños.

“Algunos meten todo en el mismo saco. Se creen que todo sucede al margen de ellos. Se dejan llevar y traer. Hasta que llega el día en que sus padres, muy preocupados, vienen con el niño a la consulta porque notan que le falta motivación, tiene problemas, no habla... Entonces el chaval te suplica: ‘¡Diles que me quiten de las clases de violín!’”, describe la psicóloga Isabel Carrasco, con amplia experiencia en el área infantil. Y es que los niños de ahora pueden tener opiniones formadas sobre realidades insólitas para su edad hace veinte años, como el matrimonio homosexual, pero “no saben cómo defender su posición, cómo expresar sus verdaderos intereses”.

Pequeños tiranos
Otros, por el contrario, se hacen notar demasiado; son tiranos que hacen de sus caprichos la ley soberana del hogar. Sobre estos últimos planea la mala conciencia de los padres, que no se atreven a contravenir su voluntad: “Pasan poco tiempo con él y para compensar, quieren ser sus amigos a toda costa. Grave error. Hay que imponer a los hijos unas pautas de conducta. Eso les da seguridad y evita que luego sean individuos extremadamente vulnerables ante la frustración”, explica la experta.

La indisciplina de algunos de estos chavales saca de quicio a profesionales vinculados con la enseñanza, como Gerardo Aguado, psicólogo, doctor en Ciencias de la Educación. “La educación no está de moda, hay que evitar a toda costa que los niños se traumen... ¡Incluso se rechaza el ejercicio legítimo de la autoridad! ¿Qué ocurre entonces? Los chicos se desorientan, no aprenden a controlarse, se burlan de las normas y terminan con la autoestima por los suelos. Y es que sin orden no hay libertad que valga. Si no se tiene claro qué se puede hacer y qué no, no se sabe qué hacer con la vida...”.

En su opinión, se ha perdido el sentido de la medida. “Se patologiza a los chavales en exceso, enseguida se les tiene por enfermos... nos hemos ido al otro extremo, a la más pura ñoñería”. De ahí que Aguado abogue por reducir el fenómeno a sus justos términos: “El estrés malsano es minoritario. Me refiero a ése que raya con la angustia y provoca reacciones improductivas, actitudes que repercuten negativamente en el rendimiento estudiantil, como los ataques de pánico... Por lo demás, es lógico que el niño se estrese durante el año escolar. Lo contrario sería anormal. Ahora bien, quienes de verdad están estresados –por lo que les pasa o deja de pasar a los críos– ¡son los padres!”.

Angustias contagiosas
La preocupación de los progenitores resulta contraproducente, porque “las angustias y el estrés se contagian”, advierte Javier de las Heras, autor de La sociedad neurótica de nuestro tiempo. Si se convive con alguien que se retuerce las manos o pierde los papeles al menor contratiempo, basta que haya cierta predisposición genética para que se desencadene un cuadro de ansiedad. Y ese estado de temor indefinido se recrudece “en un mundo tan desinhibido y agresivo como el nuestro que te exige, cada dos por tres, ser el rey del mambo”, alerta María Jesús Mardomingo.

¿Cómo fortalecer el carácter de los niños? No hay fórmulas mágicas, pero sí tres pautas que pueden servir para despejar el camino de los más pequeños: “Hay que transmitirles serenidad, enseñarles a disfrutar de los detalles, las pequeñas cosas del día a día, y, sobre todo, inculcarles la certeza de que son protagonistas de sus vidas, de que lo que hacen tiene consecuencias, que son responsables de sus actos y no las marionetas de nadie...”. Así, por muy enloquecedora que sea la vorágine cotidiana, nunca perderán el norte. “¿Que cuál es el norte?”, se pregunta Mardomingo. “Pues, hombre, luchar por ser feliz, ser activos y tener ilusiones”.

Isabel Urrutia
Artículo publicado en Las Provincias CLIC AQUI

1 comentario:

Humorterapia

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