martes, 23 de marzo de 2010

Enseñar es siempre una muestra de amor. Rolando Hanglin

El padre lleva a su hijo a la orilla del río y le enseña a armar el aparejo de pesca, a rebobinar el sedal, a preparar el cebo, a encarnar correctamente un anzuelo, y todas las demás labores que componen el arte de pescar. Finalmente, el niño cobra su propio pejerrey. El padre siente entonces que ha compartido un arma, un conocimiento, una protección. Muchas veces no se trata de que el hijo, por saber pescar, vaya a salvarse de morir de hambre. No es eso. Es haber aprendido a aprender: el proceso de elaborar una tarea, paso a paso, con toda concentración hasta que algunos movimientos se hacen automáticos.

Se requiere paciencia, conocimiento de la materia y, sobre todo, amor.

Mi abuela, que era profesora de inglés, me enseñaba minuciosamente que "Leicester" en realidad se pronuncia "Lester", así como "Gloucester" se pronuncia "Gloster", por una serie de caprichos fonéticos de la lengua que ella transmitía con tanto amor.

La madre enseña a sus hijos a serenarse para dormir, a sonarse la nariz, a lavarse la cara (y el traste) más un montón de cosas que nos permiten sobrevivir y, sobre todo, convivir.

Tal vez el ejemplo más emocionante de la enseñanza como forma de amor se da cuando es el más joven quien enseña al más viejo. Por ejemplo, aquel chico de una barriada obrera que enseñó a su padre y su madre (inmigrantes italianos analfabetos) a leer y escribir, pues el chico ya iba a la escuela y hablaba correctamente "la castilla", de manera que con toda paciencia transmitía a sus pobres padres una herramienta más para seguir luchando.

Por algún motivo, esta forma de enseñanza-amor ha entrado en crisis como todas las demás variedades de la enseñanza. En efecto: todavía podemos enseñar muchas cosas a nuestros hijos. Pero hay un par de territorios en los que ellos nos llevan la delantera. El principal es el uso de la computadora. Efectivamente, nuestros niños pertenecen a la generación Nativa Digital y gobiernan por instinto los celulares, los ordenadores, la netbook, el mp3 y otros infiernos. A nosotros, criados en el Pleistoceno, los textos se nos desmaterializan en el cosmos, las letras cambian de tamaño y tipo misteriosamente, las pantallas se apagan o encienden, los mensajes van y vienen y escapan. Muy frecuentemente el celular entra en coma, y la laptop "se tilda". Llamamos entonces, con desesperación y rabia, a nuestra hija Lorena, que tiene -por ejemplo- diez años.

- ¡Lorena, Lorena! ¡Vení, ayudame, por Dios!
(La niña demora quince minutos mientras la ira nos carcome).
- ¿Qué pasa, pa? - murmura resoplando, cansada de ser incomodada.
- ¡Desapareció todo! Estaba escribiendo un texto, iba por la página treinta y seis, y de repente hizo plop y se fue, se borró. ¡No hay más nada! ¡Son diez días de trabajo!
- Ay, pa- suspira la niña, agotada. Se inclina sobre nuestro teclado y, con veloces movimientos invisibles de sus dedos ágiles, restaura-maximiza-deshace-inserta de modo tal que al cabo de treinta segundos el texto está de nuevo ahí. Perfecto. Burlón. No se había volatilizado, sino que estaba momentáneamente escondido. Son bromas que nos juegan las computadoras a la gente torpe.
- ¿Pero qué hiciste, Lorena?
- ¿Cómo que qué hice?
- ¿Qué tocaste?
- Ay, papi. ¿No viste? Es fácil, hay que apretar la tecla Insert más Inicio más Control-Alt.
- ¿Cómo, cómo? Explicame bien, quiero aprender. A ver, mostrame.
- Ay pa. Mirá: ahí minimizo todo.- ¡Y el texto desaparece otra vez, ante nuestro terror supersticioso!
- ¿Qué hiciste, Lorena?
- No grites, pa: ahora te regenero todo - Un par de toques mágicos al teclado, y el texto vuelve a aparecer.
- ¡Pero no veo tus dedos, Lorena, explicame cuáles son las teclas que apretás!
- Ay, pa, cuando se te cuelgue el texto, llamame.- Y se va nuestra lánguida princesa.

En realidad, nuestros hijos no quieren enseñarnos. No quieren abrirnos la puerta de su mundo. Prefieren que permanezcamos en nuestra primitiva oscuridad, como chimpancés en un Concierto de Schubert.
En realidad, según acabo de leer, la nueva generación se siente profundamente ligada a la comunicación electrónica-digital que se expresa en los celulares (especialmente los mensajes de texto) la computadora (especialmente el chat) y esos mp3 o mp4 que permiten almacenar 50.000 temas musicales. Cosa inexplicable, cuando a uno le alcanza con diez o veinte. Pero en fin: según se acaba de descubrir, nuestros hijos tienen depositada su identidad en los aparatos propios de la era cibernética. Y como toda nueva generación, optan por diferenciarse, distanciarse, agruparse entre ellos dejando afuera a los más viejos. De modo que no debemos esperar que nos ayuden a cruzar el río de Internet.
Más bien, nos sacarán el salvavidas.
¿Enseñar con amor, enseñar al que se ama? Ah, ese programa lo dan en otro canal.

PUBLICADO EN LA NACION el 23 de marzo de 2010

Tags: Rolando Hanglin, Pensamientos incorrectos, educacion, nuevas tecnologias

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Humorterapia

Humorterapia
para reír y...pensar....pensar....pensar...

Anda...¡ suscríbete !

Blog Archive